El silencio de la capilla funeraria era denso, interrumpido únicamente por los sollozos contenidos de los asistentes vestidos de luto riguroso. Al frente del salón, rodeado de coronas fúnebres de rosas blancas, yacía el ataúd negro lacado con los supuestos restos de Valeria.
—¡Cálmate, por favor! ¡Detente ya! —suplicó el patriarca de la familia, alzando una mano temblorosa para frenar a Julián.
Pero Julián ya no escuchaba la razón. Las lágrimas ardían en sus mejillas enrojecidas y el pecho le subía y bajaba con violencia descontrolada. Miró a los presentes con desprecio y desesperación, apretando los puños hasta que los nudillos quedaron blancos.
—¡Ella no está muerta! —gritó con un alarido que desgarró la solemnidad del recinto—. ¡Sigue viva!
Los murmullos de estupor se multiplicaron entre las filas. Una mujer intentó sujetarlo por el brazo creyendo que había perdido el juicio, pero Julián se zafó con fuerza salvaje. Sus ojos se clavaron en la madera reluciente del féretro. Había percibido un leve roce, un estertor ahogado que nadie más quiso escuchar.
Sin dudarlo, tomó con ambas manos un pesado candelabro de bronce dorado ubicado junto al altar.
—¡Perdió la razón! ¡Deténganlo! —gritó alguien desde el fondo.
El primer impacto del metal resonó como un trueno sordo en la sala. La laca negra se quebró en finas líneas luminosas.
—¡La oí! —rugió Julián, alzando nuevamente el candelabro por encima de su cabeza con furia desmedida—. ¡Sé que está respirando!
Un segundo golpe demoledor partió la tapa en dos mitades. La madera crujió y se astilló por completo, desprendiendo trozos sobre la alfombra. Varios invitados ahogaron un grito al unísono, pero el verdadero terror congeló la habitación cuando la tapa cedió y la luz de los candelabros iluminó el interior del forro de satén blanco.
Valeria no era un cadáver.
Estaba atada de muñecas con una soga tosca, vestida con su traje blanco y una tela gruesa apretándole la boca a modo de mordaza. Sus ojos, abiertos de par en par por el pánico, se fijaron en Julián mientras respiraba agitadamente con el poco oxígeno que le quedaba.
Julián soltó el candelabro, que cayó pesadamente al suelo. Se asomó sobre el ataúd con las lágrimas aún corriendo por su rostro, pero la desesperación se transformó en un odio gélido.
Inclinándose hacia ella, con la mandíbula tensa y la voz quebrada por la ira, susurró:
—¿Quién fue el maldito que te hizo esto?
